El Plan.

Escuché el estruendo fuerte y ensordecedor, nunca había presenciado el sonido de un balazo y menos de tan cerca. Lo ví caer, sangrando.

Empezó todo chido. Ora si que de acuerdo al plan, yo estaba dominando la pelea, mis combinaciones estaban entrando sabroso, recto, recto y gancho, recto, gancho y upper. Le estaba dando sabroso. Más que nada yo me apegué al plan, moverme mucho, entrar como ráfaga y soltar los golpes. Y estaba conectando todos, todos, toditos. El “Famosito” no me estaba entrando con nada, pegaba pero lento, muy lento, y sin fuerza… yo sabía por qué.

Nunca fui gran boxeador y creo que nunca lo sere, es la neta, mi jefa dice que hay que aceptar la verdad, aunque cueste, y que es mejor así, se vive más tranquilo. Más que nada yo quise ser boxeador por que mi jefe me llevaba de chiquito a verlo cómo entrenaba a los boxeadores de Tepito, era buen entrenador mi jefe. Descubrió a un par de campeones e hizo su buena lana.

Mi jefe me empezó a entrenar, y yo sé que seguro se daba cuenta que nomás no la armaba pero igual me daba consejos y me pasaba sus mejores trucos, pus yo era su hijo, conmigo no se guardaba nada. Más que nada su secreto radicaba en encontrar las cualidades más potentes de sus boxeadores y explotarlas. A mí nunca me encontró ninguna cualidad muy potente, tons pus intentaba enseñarme algunos golpes y movimientos estratégicos que me ayudaran a no ser tan malo.

Seguí pegándole machín al “Famosito”, no reaccionaba, se veía lento, todo iba de acuerdo al plan. No le estaba haciendo daño, me sentía como que peleaba con un muro de concreto, pinche “Famosito”, estaba remacizo, típico corrioso de Tepito que creció recibiendo golpes recios. Le entraba con las combinaciones y de vez en cuando sacaba uno de los trucos de los que me enseñó mi jefe. Más que nada hacía juego de pies fintando que iba por fuera y entraba con un voladitos por dentro, y todos se los conectaba y le pegaba con todas mis fuerzas, pero el güey ni siquiera estaba inflamado. El “Famosito” estaba entero… todo iba de acuerdo al plan.

Una semana antes de la pelea tuvimos la reunión los dos equipos y el promotor, un pinche mafioso que salió del barrio y que ya por tener lana se creía muy chido y te trataba como su pinche gato. Así el dinero cambia a la gente, por eso yo nunca he tenido… bueno, hasta entonces. El trato era que el “Famosito” se caía en el tercer round, el promotor iba a apostar un chingo de lana por mí y todos nos llevábamos buena lana. Así, como si fuera película.

Empezó el tercer round y el “Famosito” ya comenzaba a verse medio madreado, digo, no mucho pero por lo menos ya tenía los ojos medio hinchados. Entonces yo le metí un pinche upper bien conectado y chíngule, que se va a la lona. Volteé a ver al promotor, me sonrió así con su pinche cara de mafioso hijo de la chingada y meneó la cabeza como aprobando. El “Famosito” estaba medio apendejado, no se levantaba, yo me empecé a poner nervioso. El réferi contó hasta siete y ya el güey se levantó, todavía medio atontado. El promotor quitó su pinche sonrisa.

Entonces, continuó la pelea y fue cuando “El Famosito” empezó a boxear. Hijo de la chingada, se vino sobres de mí y empezó a tirar todo tipo de combinaciones con todas sus fuerzas. Gancho, recto, gancho, gancho, upper, recto, gancho, gancho, gancho, gancho, me desmadró la zona blanda. Yo ya no veía venir los putazos, mocos, mocos, mocos, ¡MOCOS! De repente un upper bien puesto en el mentón y me fui pa abajo como costalito. Me noqueó gacho, no me iba a levantar, ora si que ni a madrazos.

Un día después de la reunion con el promotor, el “Famosito” fue a verme a mi canton, él tenía otro plan. Quería que se la volteáramos al promotor, iba a apostar un chingo de lana a su favor y me iba a dar la mitad de las ganancias. Al principio le dije que nel, que se abriera, me encabroné gacho, más que nada yo quería ganar, era la primera vez que iba a ganar una pelea. Después me convenció, al final me convenía esa lana, era mucha más de la que el promotor me daba y como dijo el “Famosito”, estaba difícil que la gente creyera que yo podía ganarle.

Me dijo que la memoria y fama de mi jefe podía verse tocada… yo no quería que la imagen de mi papá fuera relacionada con nada turbio, tons, pus acepté.

Yo estaba en la lona, intentando levantarme, pero ora si que ni a madrazos me paraba. El réferi contó hasta diez y perdí la pelea. El ring ya estaba lleno de gente, el “Famosito” se me acercó y me dijo que me contactaba en una semana. Cuando se iba a bajar por mi esquina, que se acerca el promotor  y ¡Mocos!, que le suelta un plomazo a la cabeza. La sangre que tenía en mi cuerpo por la pelea, se combinó con toda la sangre que salpicó del “Famosito”, todos sus pinches sesos se esparcieron por la lona. Nunca había presenciado el sonido de un balazo y menos de tan cerca. Lo ví caer, sangrando… muerto.

Para las casas de apuestas el ganador fue el “Famosito”, al promotor lo metieron al bote y yo cobré la lana unas dos semanas después. Le dí su parte a la viuda del “Famosito” y yo me quedé con la mía.

Ya no voy a volver a boxear, como dice mi jefa, hay que aceptar la verdad, aunque cueste. Y yo, no soy un buen boxeador.

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Todas las historias tienen su otra versión. Si quieres leer una con el mismo arranque, puedes visitar el blog http://www.ismaeln.es/blog/  De vez en cuando nos pondremos de acuerdo para escribir con un mismo punto de partida y ver qué desarrollos nos salen.

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